A mediados de verano se publicaba en diarios regionales que una gárgola de la fachada de la catedral de León amenazaba con desprenderse de la fachada. Unos meses después los periódicos nacionales recogen la noticia de que la gárgola ya se ha caído. No causó victimas personales, a pesar de sus 80 kilos de peso, por eso no pasa de una pequeña noticia en las secciones de cultura.
Había mucha gente en León que ya lo sabía. Conocían a la gárgola y sus amenazas, porque ellos observaban. Esos son los ciudadanos que hace años se dieron cuenta del deterioro del edificio, principalmente de las vidrieras que tienen un gran valor artístico, y de la necesidad de restauración. Se movilizaron hasta que los políticos les escucharon.
Pero los políticos no se aclararon con el asunto, como suele suceder con estas cuestiones, los presupuestos llegaron tarde y cortos; se incentivó la eterna polémica sobre las técnicas utilizadas. Las obras se pararon, y se reiniciaron una y otra vez.
Cuando hace unos días se firmó el convenio de colaboración entre el Ministerio de Cultura y la Conferencia Episcopal para la actuación en 43 catedrales, la de León no aparecía como prioridad. La gárgola no pudo esperar más y quizás se vengó.
